No le importó. No le importaban los 50 millones, no le importaba la fusión. Dio un paso hacia la estación de servicio. Necesitaba hablar con ella. Necesitaba entender cómo la mujer más inteligente que conocía había terminado rogando por las migajas de los ricos. Pero justo cuando iba a cruzar el salón, las puertas dobles de la cocina se abrieron de golpe. El gerente del restaurante apareció agarrando a Anayeli por el brazo con violencia. “Te dije que no te quería ver en el salón con esa ropa sucia”, le gritó el gerente en voz baja, pero cargada de veneno.
Al callejón, saca tu basura por atrás. Nayeli no se resistió, aferró sus dos pesadas bolsas de plástico transparente y desapareció empujada por el gerente hacia las profundidades de la cocina. Héctor apretó los puños. sintió un impulso salvaje de ir a la cocina, tomar al gerente por el cuello y comprar el maldito restaurante entero solo para despedirlo en el acto. Pero se detuvo. Si Nayeli lo veía allí vestido con un traje Tom Ford de $10,000, la humillación sería demasiado grande para ella.
Tenía que saber la verdad primero. Tenía que saber a dónde iba. Sin despedirse de sus socios, ignorando las llamadas de su abogado, que gritaba su nombre en el restaurante, Héctor caminó rápido hacia la salida principal. El juego había cambiado. El pasado acababa de estrellarse contra su presente. La noche en Monterrey era calurosa y opresiva. Héctor salió del restaurante casi corriendo. El ballet parking apenas tuvo tiempo de traer su camioneta blindada color negro carbón. Su chóer de seguridad privada le abrió la puerta trasera como de costumbre.
“Bájate, Roberto, yo manejo hoy.” Ordenó Héctor cortante. El guardia de seguridad parpadeo desconcertado. Héctor nunca manejaba. “Pero, señor Villalobos, los protocolos de Segur. Que te bajes de mi camioneta ahora.” rugió Héctor. El chóer obedeció al instante. Héctor subió al asiento del conductor, arrancó el motor B8 con un rugido sordo y aceleró bruscamente, dejando atrás las luces doradas y los escaparates de lujo de la avenida principal. Giró el volante hacia el callejón trasero del restaurante. Llegó justo a tiempo.
Bajo la luz parpade de un farol roto, vio a Anayeli salir por la puerta de servicio. Caminaba rápido, encorbada por el peso de las dos grandes bolsas de plástico que cargaba. No llevaba bolso ni chaqueta, solo ese uniforme desgastado y unos tenis rotos que sonaban contra el asfalto mojado. Héctor apagó las luces de la camioneta. A la distancia prudente de 50 met comenzó a seguirla. El trayecto fue una tortura silenciosa. Nayeli caminó cinco cuadras hasta llegar a una parada de autobús oxidada y vandalizada.
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