Héctor no respondió, no apartó la vista. Vio como un mesero de traje impecable pasaba junto a Nayeli y la empujaba accidentalmente con el hombro. “Quítate del medio, basura”, le siseó el mesero, molesto por tener que esquivar a la empleada de limpieza. Si el gerente te ve escarvando en las obras otra vez, te despide hoy mismo. El magnate, acostumbrado a destruir empresas rivales con una sola llamada, sintió que el aire le faltaba. Esperó a que Nayeli se levantara, a que mostrara esa furia indomable que siempre la había caracterizado.
Esperó a que le gritara, a que se defendiera, pero no lo hizo. Nayeli bajó la cabeza. Sus hombros se encogieron sometidos, derrotados. murmuró una disculpa inaudible. Aferró con fuerza la bolsa de plástico llena de sobras y siguió limpiando la mesa con un trapo sucio. Esa imagen rompió algo dentro de Héctor. La culpa que había enterrado bajo capas de trajes a la medida, autos blindados y mansiones de mármol, estalló de golpe. “Señor Villalobos”, insistió el socio alemán, visiblemente molesto por la falta de atención.
Héctor soltó la copa de cristal, chocó contra la mesa derramando vino tinto sobre los documentos millonarios. El líquido oscuro se expandió como sangre sobre el papel. “La reunión terminó”, dijo Héctor con una voz tan grave y áspera que silenció a todos en la mesa. “¿Qué, Héctor? Estamos a punto de firmar.” Intentó intervenir su abogado con los ojos muy abiertos. Héctor se puso de pie de golpe. La pesada silla de roble raspó violentamente contra el suelo de mármol, atrayendo las miradas de varios comensales de la élite regiomontana.
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