Y cuando cumpla 18 y controle su herencia… — se detuvo, disfrutando del momento —. Bueno, los accidentes pasan, especialmente a adolescentes imprudentes.
Diego quería gritar. Quería levantarse de la cama, envolver sus manos alrededor del cuello de esa mujer y apretar hasta que dejara de hablar para siempre.
Pero no se movió.
No podía, porque en el momento en que revelara que estaba consciente, perdería su única ventaja: la información.
El Dr. Ramírez dice que probablemente nunca vas a despertar — continuó Isabela, ahora caminando hacia la ventana —. Pero incluso si lo haces, el daño cerebral va a ser tan severo que vas a ser un vegetal de todas formas. No vas a poder hablar, no vas a poder caminar, no vas a poder alimentarte solo.
Se giró, mirando directamente al cuerpo inmóvil de Diego.
— Y yo voy a estar allí, la esposa fiel, cuidándote, alimentándote con cuchara, limpiando tu saliva… mientras gasto cada peso de tu fortuna en lo que yo quiera.
Perfecto, realmente. Porque vivo o muerto… ya perdiste.
La puerta se abrió.
Isabela cambió su expresión instantáneamente. De depredadora a esposa preocupada en menos de un segundo.
Era la enfermera de turno, Gloria, una mujer de cincuenta y tantos años que había sido particularmente amable con Isabela.
— ¿Cómo está, señora Navarro?
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