El hombre que trabajó toda su vida en la finca Salinas, el hombre callado, trabajador, honesto. Pero nadie sabía lo que acababa de pasar. Esa noche en su casa, Marta preparó sopa. Comieron en silencio. Los hijos ya estaban grandes. Vivían lejos. Era solo ellos dos. Y ese silencio. ¿Vas a decir algo?, preguntó Marta. ¿Qué quieres que diga? No sé, algo, cualquier cosa. Estás muy callado, Esteban. Él dejó la cuchara, miró a su esposa. No sé qué decir, Marta.
No sé qué hacer. Trabajé 30 años, me pagó con basura y lo peor es que no puedo hacer nada. No tengo contrato, no tengo papeles, no tengo pruebas, solo mi palabra contra la suya. Y él es don Alfredo Salinas. ¿Quién me va a creer? Marta bajó la mirada. Sabía que era verdad. Los días pasaron. Esteban no volvió a la finca, no buscó otro trabajo. Se quedaba en casa sentado mirando al vacío. La gente empezó a hablar. Esteban ya no es el mismo.
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