Aquella noche cenamos sopa en su cocina.
Hablamos durante horas.
Le conté sobre mi infancia, sobre cómo perdí a mi madre siendo joven y sobre la promesa que me hice a mí misma:
Nunca ignorar a alguien que estuviera enfrentando la vida en soledad.
Y entonces, casi sin planearlo, dije algo que ni yo misma esperaba.
—Cásate conmigo.
Don Raúl levantó la mirada, sorprendido.
—Si soy tu esposa —continué— será mucho más difícil que ellos te saquen de tu casa.
Él guardó silencio un momento.
Le preocupaba lo que diría la gente, que mi vida se complicara por sus problemas.
Pero para mí aquella casa no era solo una propiedad.
Era su historia.
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