Legalmente tenían varias formas de hacerlo.
Don Raúl tenía impuestos atrasados y un antiguo préstamo que amenazaba con llevar la casa a ejecución.
Para ellos era el argumento perfecto.
Si lograban declararlo incapaz, podían sacarlo de su propia casa y enviarlo a algún lugar donde ya no estorbara.
Yo no era rica, pero trabajaba como contadora.
Cuando revisé los avisos del banco, entendí enseguida lo que estaban intentando hacer.
La deuda era real… pero también era la excusa perfecta para quedarse con todo.
Don Raúl no quería conflictos.
Solo quería vivir tranquilo en su casa, leyendo bajo su limonero, en lugar de terminar solo en una residencia mientras otros repartían sus pertenencias.
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