Se ve terrible. Me ayudó a bañarme, me hizo caldo de pollo. Se quedó toda la tarde limpiando mi casa y lavando mi ropa. Una vecina que apenas conocía me cuidó mejor que mis propios hijos. Cuando finalmente pude levantarme y revisar mi teléfono, encontré un mensaje de Roberto. Ma Fernanda me dijo que estaba enferma. Ya se siente mejor. Cco días después. 5co días de preguntar si ya me sentía mejor, como si la enfermedad fuera un capricho temporal. Diego me mandó una transferencia de 500 pesos con el mensaje.
Para que se compre medicinas, ma. Cuídese mucho. 500 pesos. Como si mi salud fuera un problema que se resolviera con dinero, no con presencia. Pero lo que realmente me quebró fue Navidad. Durante semanas estuve preguntándoles qué íbamos a hacer. ¿Cenamos aquí en casa como siempre o prefieren que vayamos a algún lado? Roberto me daba respuestas evasivas. Ya vemos, ma. Aún falta mucho. Diego era más directo. Está difícil, ma. Fernanda quiere ir con su familia a Acapulco. Y tú no puedes venir aunque sea en la tarde para la cena de Nochebuena.
Vamos a ver. El 20 de diciembre me marcó Leticia. No, Roberto, su esposa. Señora Carmen, le habla Leticia. Roberto me pidió que le avisara que no vamos a poder ir en Navidad. Los papás de Roberto nos invitaron a su casa de Cuernavaca y ya compramos regalos para las niñas allá. Los papás de Roberto, pregunté confundida. Mis papás, señora, los abuelos paternos de las niñas. Los abuelos paternos. Como si yo fuera algún pariente lejano y no la abuela materna.
Y Roberto no puede venir a saludarme aunque sea el 24 por la tarde. Es que está muy lejos, señora. Y las niñas se cansan mucho del viaje. Cuernavaca está a una hora y media de mi casa. Una hora y media era muy lejos para ver a su madre en Navidad. Diego fue más cruel, pero más honesto. Ma, la familia de Fernanda nos invitó a pasar Navidad en su casa de Polanco. Van a estar todos sus hermanos con sus hijos.
Va a estar padrísimo. ¿Y yo qué voy a hacer sola en Navidad, Diego? Pues puede ir con esperanza, ¿no? O con alguna vecina. Esperanza. Mi hermana se había ido a pasar las fiestas con su hija a Los Ángeles. Mis vecinas tenían sus propias familias. Hijo, yo solo quiero pasar Navidad con mis hijos. Ay, ma, no sea dramática. Es solo un día. El año que viene organizamos algo. El año que viene. Siempre el año que viene. Pasé Nochebuena sola viendo películas navideñas en la televisión mientras comía una ensalada de manzana que había comprado ya hecha en el supermercado.
A las 12 de la noche, cuando sonaron las campanas de la iglesia de San Bernardino, me serví una copa de sidra y brindé sola. Por ti, Aurelio, por lo único bueno que tuve en la vida. Esa noche, acostada en mi cama matrimonial, donde ahora solo dormía yo, entendí algo que había estado negando durante años. Para mis hijos, yo ya no era su madre. Era una obligación social que cumplían con el mínimo esfuerzo posible, una anciana que había que tolerar en fechas importantes y olvidar el resto del tiempo.
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