Gasté 400 pesos en comida, 400 pesos que representaban una semana completa de mis gastos normales. A las 10 de la mañana, Roberto me mandó un audio de WhatsApp. Ma, feliz cumpleaños. Te queremos mucho. Leti te manda saludos. Las niñas están en clase de natación, pero te mandan besos. Un audio de 23 segundos grabado mientras manejaba, porque podía escuchar el ruido del tráfico y la radio de fondo. Diego fue más creativo. Me mandó una imagen descargada de Google, un pastel de cumpleaños genérico con velas doradas y la frase “Feliz cumpleaños” en letras cursivas brillantes.
Abajo escribió, “Felicidades, ma. Que Dios te bendiga. Emojis. Mi hijo me felicitó con emojis. Esperé hasta las 2 de la tarde, sentada en mi sala perfectamente arreglada, viendo como el pozole se enfriaba y la crema de los chiles ennogada comenzaba a cortarse con el calor. Esperé hasta las 5, luego hasta las 7, cuando ya no podía fingir que alguien vendría. Esa noche cené posole frío y lloré sobre mi plato. Viendo las fotos de Roberto en Facebook, había subido imágenes de una carne asada en casa de sus suegros.
Domingo familiar perfecto”, escribió rodeado de la gente que amo. Yo no estaba en esas fotos, ni siquiera había sido invitada. Diego subió una historia de Instagram donde salía con Fernanda en un restaurante de mariscos en la Condesa. Cócteles coloridos, platos elegantes, sonrisas radiantes. Date Night perfecto con mi amor, había escrito mientras yo comía sobras de mi cumpleaños olvidado. Ellos celebraban una fecha cualquiera con más entusiasmo del que habían mostrado por mi vida. Pero eso no era nada comparado con lo que pasó cuando me enfermé en noviembre.
Una gripe que se complicó con bronquitis. El Dr. Ramírez del centro de salud me advirtió que a mi edad cualquier infección respiratoria podía volverse peligrosa. Necesita reposo absoluto, señora Carmen, y alguien que la cuide. Le marqué a Roberto. Buzón de voz. Le marqué a Diego. Me contestó Fernanda. Ay, señora Carmen, qué pena que esté enferma. Diego está en Monterrey en una capacitación de trabajo. Regresa hasta el viernes. ¿Necesita algo urgente? Estoy muy mal, hija. El doctor dice que necesito que alguien me cuide.
Ya fue al doctor, ¿le recetaron algo? Sí, pero estoy muy débil. No puedo ni levantarme a hacerme un té. Silencio del otro lado. Luego. Ya habló con Roberto. Él está más cerca de usted. Más cerca. Roberto vivía a 4 horas en carretera. Diego a 40 minutos en metro. Roberto no me contesta. Ah, bueno, señora, déjeme hablar con Diego cuando regrese y vemos qué podemos hacer. Colgó. Pasé cinco días tirada en mi cama, levantándome solo para ir al baño y tomar agua directo de la llave porque no tenía fuerzas para hervir té.
Comí galletas saladas y las pastillas para la tos, que tenían un sabor dulzón que me revolvía el estómago vacío. La fiebre me subía por las noches. Sudaba tanto que tenía que cambiar de ropa interior, pero no tenía energía para lavar. Acumulé pijamas húmedas en una esquina del cuarto como ropa sucia de hospital. El quinto día, doña Lupita tocó mi puerta. Había notado que no salía a comprar tortillas, cosa que hacía religiosamente cada mañana desde hacía años. Ay, Carmelita, ¿qué le pasó?
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