Pero lo que más me dolió no fueron las ausencias, fueron las presencias fingidas. Como cuando Roberto vino en enero de sorpresa, llegó un sábado por la mañana con Leticia y las niñas diciendo que querían pasar el fin de semana conmigo. Me emocioné tanto que corrí al mercado y gasté casi 1000 pesos en comida especial. Hice carnitas, arroz con leche, agua de jamaica, todo lo que les gustaba. Pero durante el almuerzo me di cuenta de que Roberto no paraba de ver su teléfono, contestaba llamadas de trabajo, salía al patio a hablar con clientes.
Mi hijo, ¿no puedes desconectarte un ratito? Casi no nos vemos. Es que tengo una presentación importante el lunes, ma. Solo estoy checando unos detalles. Leticia tampoco participaba en la conversación. se la pasó tomándoles fotos a las niñas con mi teléfono viejo, haciendo muecas porque la cámara es muy mala, señora Carmen. Las niñas, mis nietas, apenas me hablaban. Cuando les preguntaba cómo estaban en la escuela, me contestaban con monosílabos mientras veían videos en el iPad de su mamá.
¿Ya no quieren jugar lotería como antes?, les pregunté. Eso es muy aburrido, abuela, me contestó Sofía. La mayor no tiene wifei. Wifi. Mi nieta de 8 años me preguntaba por Wifi en lugar de querer jugar conmigo. Esa noche, cuando pensé que por fin íbamos a platicar como familia, Roberto anunció, “Ma, mañana temprano nos vamos. Tengo que regresar a preparar unas cosas para el lunes. No se pueden quedar hasta la tarde.” Pensé que íbamos a comer juntos. Es que el tráfico de los domingos está terrible.
Mejor nos vamos temprano. Se fueron a las 8 de la mañana. Ni siquiera desayunaron conmigo. Cuando limpiaba los platos que habían usado, encontré una conversación de WhatsApp que Leticia había dejado abierta en su celular, olvidado en la mesa de la cocina. Era del grupo familiar de ella con sus hermanas. Ya vamos de regreso de casa de la suegra. Qué flojera estos compromisos familiares. Jajaja. Pobrecita. ¿Cómo se portó la señora? Igual que siempre, muy intensa. Nos quería tener ahí todo el día haciendo actividades familiares.
¿Actividades familiares? Jajaja, qué horror. Ya sabes cómo son las señoras grandes. Creen que porque uno va a visitarlas tiene que hacer lo que ellas quieren. Al menos ya cumpliste por un buen rato. Sí, Roberto dice que con esto ya no tenemos que ir hasta julio. Julio. 6 meses después. Leí esa conversación tres veces, sintiendo como cada palabra me iba arrancando pedazos del alma. Compromisos familiares, ya cumpliste. Qué flojera. Yo era un compromiso, una obligación, una flojera. Esa tarde, después de que se fueron, me senté otra vez en mi mecedora y por primera vez en mi vida me hice una pregunta que jamás pensé que me haría.
¿Qué tal si ellos tienen razón? ¿Qué tal si realmente soy una carga? ¿Qué tal si todo lo que di, todo lo que sacrifiqué, todo lo que trabajé para darles una mejor vida no valió nada? ¿Qué tal si una madre que da todo termina convirtiéndose en alguien de quien hay que huir? Esa noche no pude dormir dándole vueltas a esas preguntas que me quemaban por dentro como ácido. Y ahí, en la oscuridad de mi cuarto, nació la idea del viaje, no como un regalo para ellos, como una prueba final para mí misma.
Mi teléfono comenzó a sonar a las tres horas exactas de haber colgado con la agencia de viajes. Roberto, por primera vez en meses, mi hijo mayor me llamaba directamente. Bueno, contesté con una calma que no sabía que tenía. Ma, ¿qué hiciste? Su voz sonaba desesperada, alterada de una manera que no había escuchado desde que era adolescente y llegaba tarde a casa. Nos están diciendo en el aeropuerto que nuestras reservaciones fueron canceladas. Ah, sí, las cancelé. ¿Cómo que las cancelaste?
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