«¡CÁLLATE, VIEJO APESTOSO!» — Mi hijo se ARREPINTIÓ de esas palabras 15 minutos después…

«¡CÁLLATE, VIEJO APESTOSO!» — Mi hijo se ARREPINTIÓ de esas palabras 15 minutos después…

A veces ordenar los documentos ayuda a ordenar la vida. Ernesto sacó esa tarjeta del cajón de la mesilla donde había estado todos esos meses y la miró con sus ojos miopes. Sin gafas, las letras se le emborronaban, pero ya se sabía el número de memoria. Llevaba semanas mirándola cada noche antes de dormir, pensando que algún día llamaría. Ese día había llegado. Sacó su viejo móvil de botones, ese que Daniel llamaba pieza de museo, y que siempre le pedía tirar, y marcó el número.

Los tonos le parecieron demasiado fuertes en el silencio del cuarto. Notaría RBAS. Buenos días, respondió una voz femenina al otro lado. Buenos días, dijo Ernesto. Su propia voz le sonó extraña, serena y firme, como si perteneciera a otra persona. Soy Ernesto Gutiérrez. Me dejó usted una tarjeta hace tres meses. ¿Se acuerda? Hubo una breve pausa y al otro lado el tono se volvió más cálido. Claro que me acuerdo, don Ernesto. ¿Está listo? miró la foto de Claudia en la pared.

Ella seguía sonriéndole y le pareció que asentía con la cabeza. Sí, respondió. Estoy listo. Podría venir hoy si es posible ahora mismo. Le dictó la dirección que ella ya conocía y colgó. Luego se recostó en la almohada y cerró los ojos. El corazón le latía demasiado rápido y sentía una presión en el pecho, pero no era el asma, era otra cosa, algo muy parecido a la sensación de liberación. Por primera vez en 15 años, Ernesto sentía que su vida estaba en sus propias manos.

Se quedó así unos minutos escuchando los sonidos de la casa. Del salón le llegaban las voces de Daniel y Carolina. Estaban viendo la televisión, hablando de algo y riéndose. Ya se habían olvidado de lo ocurrido en la cocina. Para ellos no había sido más que un episodio, una escena sin importancia. No sabían que ese episodio lo había cambiado todo. Ernesto se levantó de la cama y fue hacia el armario. En la balda de arriba, detrás de varios jersis viejos, había una caja.

La bajó y la abrió. Dentro había documentos, muchos documentos que llevaba años guardando sin enseñárselos a nadie. escrituras de propiedad, contratos de alquiler, extractos bancarios, la historia de su verdadera vida, de esa parte de su vida que su hijo desconocía por completo. Extendió los documentos sobre la cama y empezó a revisarlos, comprobando que todo estuviera en orden. La escritura de propiedad del piso en el que vivían, precisamente ese, llevaba su nombre. Nunca lo había traspasado a Daniel, aunque se lo había prometido hacía años.

Algo lo retenía, una especie de voz interior que susurraba, “Espera, no te apresures. Mira primero en qué clase de persona se convierte tu hijo.” Ahora lo veía con claridad. También estaban las escrituras de otros dos pisos en el centro de la ciudad que Ernesto llevaba años alquilando a través de una agencia. Los alquileres iban a una cuenta a su nombre, una cuenta de la que Daniel no sabía nada. No lo sabía porque nunca preguntaba, nunca se interesaba por cómo vivía su padre, si tenía dinero, si necesitaba ayuda.

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