El primer gran factor de cambio es la forma en que nos alimentamos. En los años 70, la comida ultraprocesada no dominaba las estanterías de los supermercados. La mayoría de las comidas se preparaban en casa desde cero, utilizando ingredientes frescos y enteros. El aceite de cocina, la mantequilla, la carne y los vegetales eran la norma, no los sustitutos químicos.
Además, el concepto de «porción» era radicalmente distinto. Los platos de los restaurantes eran más pequeños, los refrescos se vendían en envases de vidrio de apenas 250 ml (en lugar de los vasos gigantescos y rellenables de la actualidad) y el «picoteo» constante entre comidas no estaba arraigadamente socializado. Se comía tres veces al día y saltarse una comida o comer a deshoras era una excepción, no la regla.
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