Artyom no supo qué decir. Lera recogió sus cosas y se fue al dormitorio, dejando claro que la situación había llegado al límite.
Al día siguiente, Artyom descubrió que ya no podía acceder a las cuentas bancarias familiares: Lera había cambiado las contraseñas.
—¿Qué pasa con nuestras cuentas? —preguntó esa noche.
—¿Nuestras? ¿Qué hay de “nuestro” en ese dinero? —respondió ella.
—Somos una familia, todo debe ser compartido.
—Lo que debe compartirse es la participación. Ahora mismo, solo participas en gastar, no en ganar.
Una semana después, Artyom intentó reconciliarse, cocinó y le pidió disculpas. Pero Lera le dejó claro que un gesto no arreglaba nada.
—Tuviste tres meses. ¿Qué cambió en ese tiempo?
No hubo respuesta. El viernes, Lera se tomó dos días libres, preparó una maleta y dejó una nota: “Necesito un espacio donde nadie devalúe mi esfuerzo. Vuelvo el lunes.” Se fue a una cabaña junto a un lago.
Al volver, encontró una lista de quejas de Artyom sobre sus “gastos injustificados”. Lera la tiró a la basura. Todo el dinero lo había ganado ella.
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