Sus ojos, de un azul intenso, se clavaron en paloma con una mezcla de desinterés y fastidio. “Otra más”, murmuró Sarate con voz rasposa. “Esta, ¿cuánto tiempo crees que durará esperanza?” “Una semana. Dos días, señor Sarate, le presento a Paloma. Viene con excelentes referencias. Te todas vienen con excelentes referencias, la interrumpió él sin apartar la mirada de Paloma. Y tú, ¿qué tienes de especial? ¿También vas a tratarme como si fuera un niño o como si fuera un objeto roto que necesita ser reparado?
Paloma sintió la hostilidad en sus palabras, pero también percibió algo más. Dolor profundo escondido detrás de la rudeza. se acercó lentamente a la cama. “No sé si tengo algo especial”, respondió con honestidad, “Pero tengo hijos que dependen de mí, así que haré mi mejor esfuerzo para cuidarlo bien.” Sar la estudió durante un momento que pareció eterno. Sus ojos se entrecerraron como si estuviera evaluando si ella sería otra decepción más. Está bien”, dijo finalmente, “pero cuando no aguantes más y decidas irte, no vengas con excusas dramáticas, simplemente vete.” Esperanza le mostró a Paloma las instalaciones, el
gimnasio médico donde Sarate hacía fisioterapia, la cocina especialmente equipada para preparar su dieta estricta y su propia habitación en el ala este de la casa. La rutina diaria incluía ayudarlo con ejercicios de movilidad, administrarle medicamentos, preparar comidas específicas y, principalmente asegurar su comodidad en todo momento. Los primeros días fueron agotadores. Sarate la sometía a constantes pruebas. Le pedía que reorganizara su almohada cada pocos minutos, criticaba cada comida que preparaba y se quejaba de todo con una negatividad que parecía no tener fin.
Paloma se mordía la lengua y cumplía cada petición, recordando las caras de Bruno y Elena cada vez que sentía ganas de rendirse. “¿Por qué no me gritas?”, le preguntó él una tarde después de haber sido particularmente difícil. Todas las demás terminaban gritándome. “Porque gritar no va a mejorar su situación”, respondió Paloma mientras ajustaba su posición en la cama. Y gritar no va a ayudar a mis hijos. Por primera vez Sarate guardó silencio. Algo en la sinceridad de Paloma había tocado.
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