—¿Y tú quién te crees?
El hombre no cambió el tono.
—Alguien que ya está cansado de ver a cobardes abusar de las personas mayores.
Sacó su cartera, contó varios billetes y los colocó suavemente en las manos temblorosas de María Luisa.
—Me llevo todos sus huevos, doña. Hasta los que no sobrevivieron. Considere que hoy tuvo su mejor día de ventas.
El mercado entero se quedó en silencio.
Los ojos de María Luisa se llenaron de lágrimas.
—Señor… usted es un ángel del cielo.
El hombre sonrió con ternura.
—Solo alguien que fue bien enseñado, doña.
Cuando Ricky intentó marcharse, la voz del desconocido lo detuvo en seco.
—Oye, muchacho. ¿Te gusta tomar lo que no es tuyo?
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