—Mijo, ya casi no saco ni para el alimento de las gallinas.
Ricky soltó una risita burlona.
—Entonces mejor me los llevo gratis.
—Por favor, no hagas eso —pidió ella con voz temblorosa—. Mi esposo está enfermo en casa. Solo quiero juntar lo suficiente para sus medicinas.
Pero Ricky no escuchaba. De un golpe, tiró una de las canastas al suelo.
Los huevos se estrellaron contra el pavimento, las yemas extendiéndose como pintura amarilla bajo el sol.
—Ay, Virgencita… —susurró María Luisa, llevándose la mano al pecho—. Me costó tanto trabajo juntarlos.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, una camioneta negra se detuvo junto a la banqueta.
De ella bajó un hombre alto, de traje azul marino, camisa blanca y zapatos relucientes. El tipo de persona que claramente no pertenecía a un mercado de pueblo.
Caminó directo hacia Ricky, con calma, sin perder la compostura.
—Deja esa canasta donde está —dijo con voz firme.
Ricky rodó los ojos.
Leave a Comment