Cada sábado por la mañana, Doña María Luisa montaba su pequeño puesto en el Mercado Campesino de San Miguel del Valle, a las afueras de Guadalajara.

Su mesa plegable era siempre la misma: cubierta con un mantel a cuadros, dos canastas de huevos blancos y cafés perfectamente alineadas, y un cartel pintado a mano que decía:
“Huevos de rancho frescos – $80 la docena.”
—¡Huevitos frescos! ¡Recién puestos por mis gallinas del patio! —gritaba con su dulce acento tapatío.
Una joven se acercó sonriendo, entregándole unos billetes.
—Dios la bendiga, doñita. Son los mejores del pueblo —dijo antes de alejarse con su bolsa de tela.
El rostro de María Luisa se iluminó.
—Gracias, hija. Que tengas un día lleno de bendiciones.
No pasó mucho tiempo antes de que apareciera Ricky “El Flaco” Morales, un muchacho de unos veintitantos años, conocido por todo el barrio. Sin trabajo, siempre metido en problemas, creyéndose el más duro de todos.
Se acercó contoneándose hasta la mesa, mascando chicle con descaro.
—Oiga, viejita, ¿qué tal si me deja esos huevos a mitad de precio?
María Luisa levantó la vista, aún con amabilidad.
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