—Era solo una broma… —murmuró Ricky, evitando su mirada.
El hombre arqueó una ceja.
—No parece muy gracioso desde aquí.
Hizo una seña hacia la camioneta. De ella bajó un hombre corpulento, con lentes oscuros y un auricular.
Entonces todos entendieron: no era cualquier desconocido. Era Don Alejandro Herrera, dueño de Herrera Alimentos, una cadena regional de supermercados que patrocinaba el mercado campesino.
Frente a todos, explicó con serenidad lo que había pasado. El guardia escoltó a Ricky fuera del lugar, mientras los vendedores y clientes murmuraban desaprobación.
Nadie aplaudió, pero el silencio lo dijo todo.
La historia se esparció por el pueblo como pólvora.
El siguiente sábado, la fila frente al puesto de Doña María Luisa daba la vuelta a la plaza —no solo por los huevos, sino por el respeto que inspiraba.
Y cada vez que alguien mencionaba aquel día, ella sonreía, con la mirada suave bajo su sombrero de paja.
—Todavía hay buena gente en este mundo —decía—. Solo hay que vivir lo suficiente para conocerla.
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