Creyó que podía engañarla, pero ella tenía un plan que él jamás imaginó
—¿Lo sabías?
—No soy tonta, Andrés —lo miró fijo—. Además, antes de irte te quedaste sin batería y usaste mi viejo celular para pedir taxi. No cerraste sesión. Me llegaron todos tus mensajes. Todos.
Andrés sintió la sangre huirle del rostro.
—No sé qué decir.
—No digas nada —respondió ella—. Solo respóndeme una cosa: ¿la amas?
Él abrió la boca… y la cerró.
—No lo sé. Estoy confundido.
Marina asintió, como si lo esperara.
—Bien. Entonces haremos esto: tienes una semana. Llévate la maleta y vete a casa de un amigo, a un hotel, donde sea. Piensa en nosotros, en lo que quieres, en el costo real de tu decisión. En una semana regresas y me dices qué vas a hacer.
—¿Y si decido irme?
—Te irás —respondió, con la voz apenas temblorosa—. No voy a detenerte. Pero quiero que estés absolutamente seguro.
Andrés, de pronto, la vio distinta: la serenidad, la dignidad, la fuerza que lo enamoraron al principio… y que había olvidado mirar.
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