Pero Don Manuel no había terminado. Sacó de la caja un documento doblado y amarillento.
“Y esto,” —dijo— “es el título de propiedad de un terreno que compré con los ahorros de mi trabajo. Está en el centro de Puebla. Hoy vale millones de pesos. Lo guardé para María. Pero nunca hablé de eso, porque quería que mi hija eligiera a su esposo por amor, no por dinero.”
Hubo un murmullo de asombro.
María miró a su padre, con lágrimas corriendo por sus mejillas.
“Papá… nunca me lo dijiste.”
“No era necesario,” —respondió él— “mientras fueras feliz.”
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