Doña Beatriz estaba pálida. Sus labios temblaban.
“Yo… no sabía… Don Manuel, he sido una tonta.”
Don Manuel sonrió con serenidad.
“No hay nada que perdonar. Hoy es el día de mis hijos. Dejemos que el amor sea más fuerte que el orgullo.”
Entonces Don Esteban abrazó al hombre que una vez lo salvó. Los invitados aplaudieron, algunos llorando.
Diego tomó la mano de María y se arrodilló ante sus padres:
“Los amo a los dos, pero mi corazón pertenece a ella. No importa su origen, porque me ha enseñado lo que es la verdadera nobleza.”
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