—Estos cinco. Quiero cotización, tiempos de entrega y garantía extendida.
Mientras revisaban los papeles, les habló de su historia: cómo empezó con un solo camión viejo, cómo trabajó dieciséis horas al día, cómo su esposa —ya fallecida— le cosía la ropa en lugar de comprar nueva.
—La gente pensaba que éramos pobres —dijo—, pero en realidad estábamos invirtiendo en el futuro.
Javier, Lucas y Héctor lo escuchaban con respeto genuino. Ya no veían al viejo andrajoso, sino al hombre que había construido un imperio desde cero.
Al final, firmaron los documentos.
Don Félix se levantó despacio, ajustó su mochila y les dijo:
—Hoy aprendieron algo que no se enseña en ninguna universidad: la verdadera riqueza no se mide en lo que tienes, sino en quién eres cuando nadie te está viendo.
Salió caminando despacio bajo el sol de la tarde.
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