De pronto, el rugido de un motor potente interrumpió el silencio. Un Mercedes negro se detuvo frente a la agencia. De él bajó Rodrigo Villamil, dueño del concesionario. Al verlo, sonrió ampliamente.
—¡Don Félix Navarro! Qué honor tenerlo aquí. ¡No me avisaron que vendría!
Los tres vendedores se miraron pálidos mientras su jefe abrazaba al anciano con respeto.
—Vine a comprar cinco unidades, Rodrigo, pero tus empleados me mostraron otra cosa —dijo Don Félix.
Villamil giró lentamente hacia ellos con una mirada que heló el aire.
—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó en voz baja.
—Me juzgaron por mi ropa —respondió Don Félix antes de que los otros hablaran—. Me trataron como si fuera un vagabundo curioso.
El rostro de Villamil se volvió rojo.
—¿Es cierto eso? —tronó.
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