«Me voy a llevar cinco camiones Mercedes», dijo el hombre andrajoso.

«Me voy a llevar cinco camiones Mercedes», dijo el hombre andrajoso.

—Por supuesto, señor, fue un malentendido. Si gusta, podemos pasar a mi oficina y tomar un café mientras revisamos…

—Ya no voy a comprar aquí —interrumpió Don Félix, guardando los documentos.

Dio media vuelta y caminó hacia la salida. Cada paso resonó en el piso de cerámica como un golpe en el orgullo de los tres.

—¡Espere, por favor! —gritó Javier, corriendo detrás de él—. Fue un error, don Félix. Permítanos enmendarlo.

El viejo se detuvo en la puerta de cristal y, sin girarse, dijo:
—¿Saben por qué vengo vestido así? Porque hoy en la mañana estuve en el taller revisando mis camiones. ¿Saben por qué todavía me ensucio las manos con aceite aunque ya no lo necesito? Porque no olvido de dónde vengo.
Manejé cuarenta años antes de tener mi propia empresa. Dormí en cabinas, comí frío en gasolineras… pero nunca traté a nadie como ustedes me trataron hoy.

Sus palabras cayeron como piedras en agua quieta.

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