Cuando llegué a San José me impresionó todo, las casas, los carros, la limpieza, los parques, hasta el olor del aire era diferente. La señora que cuidaba se llamaba Nancy. Tenía Alzheimer. A veces no sabía quién era yo, otras veces me confundía con su hija. Me hablaba en inglés y yo solo sonreía porque no le entendía casi nada. Al principio fue durísimo. No conocía a nadie, no tenía a quién abrazar, no podía hablar bien. Me sentía como una sombra.
Iba al trabajo, regresaba al cuarto que rentaba, lloraba, me dormía y así cada día. Pero empecé a mandar dinero. A los dos meses ya podía mandar $300 cada quincena. Mi mamá me decía que con eso alcanzaba para la comida, para los útiles, para los zapatos y eso me daba fuerza. Los seis meses pasaron volando y cuando llegó el momento de regresar, Nancy se puso muy mal. Su hija me ofreció quedarme otro tiempo con más paga. me dijo, “Josefina, si te quedas te arreglamos aquí algo.
No te preocupes, estás haciendo un trabajo maravilloso.” Y yo pensé en mis hijos, en sus caritas, en la escuela, en el futuro, y acepté quedarme. Ahí empezó el verdadero sacrificio. Los años se me fueron encima. Trabajé en esa casa por 7 años. Después la señora falleció y su hija me recomendó con otra familia, siempre haciendo lo mismo, limpiar, cocinar, cuidar, siempre con la cabeza agachada, con miedo a la migra, con ese vacío en el pecho, porque aunque comía, dormía, respiraba, algo me faltaba.
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