Me llamo Josefina Morales, tengo 52 años y esta historia que voy a contar no la sabe nadie completa, ni mis hijos, ni mi mamá, ni siquiera la señora para la que trabajé tantos años.

Me llamo Josefina Morales, tengo 52 años y esta historia que voy a contar no la sabe nadie completa, ni mis hijos, ni mi mamá, ni siquiera la señora para la que trabajé tantos años.

Y lo que me faltaba eran ellos, Luis y Carmen. Los veía por videollamada en cumpleaños, en Navidad. Yo compraba los regalos por internet y los mandaba desde acá, pero no era lo mismo, nunca lo fue. Yo sonreía frente a la cámara, pero cuando colgábamos me rompía. Me quedaba viendo el celular apagado como si pudiera volver a verlos si me concentraba mucho. Ellos crecieron sin mí. Luis se hizo callado, muy callado. Siempre me contestaba con pocas palabras. Carmen era más cariñosa, pero con los años también se fue alejando.

Ya no me contaban nada, ya no me preguntaban nada, solo me daban las gracias por el dinero y se despedían rápido. Y yo entendí que me estaba volviendo una extraña para ellos, que en mi intento por darles todo, les había quitado lo más importante, una mamá presente, pero yo seguía porque tenía miedo de regresar y no tener nada, porque acá ya tenía una rutina, un trabajo seguro, porque me decía a mí misma que lo estaba haciendo por ellos.

hasta que un día sonó el teléfono. Pero eso te lo cuento después. Allá en San José todo era tan diferente. Desde el primer año mi vida se volvió una rutina que no cambiaba nunca. Me despertaba a las 5 de la mañana siempre, aunque fuera domingo. El cuerpo ya se acostumbraba solo. Me levantaba, me preparaba un café con pan, a veces solo pan porque no quería gastar, y me iba caminando a la casa donde trabajaba. 15 minutos exactos.

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