Me llamo Josefina Morales, tengo 52 años y esta historia que voy a contar no la sabe nadie completa, ni mis hijos, ni mi mamá, ni siquiera la señora para la que trabajé tantos años.

Me llamo Josefina Morales, tengo 52 años y esta historia que voy a contar no la sabe nadie completa, ni mis hijos, ni mi mamá, ni siquiera la señora para la que trabajé tantos años.

Vi cómo apagaba las velas, vi cómo le daban abrazos y vi como me saludaba por la pantalla diciendo, “Gracias, ma. Estuvo todo muy bonito, pero en sus ojos no había la emoción que yo esperaba y eso me dolió más que si me hubiera gritado, porque entendí que yo ya no era su centro, que era su mamá, así, pero a la distancia, que era como un recuerdo que ayuda, pero no acompaña. Luis ni siquiera quiso tener fiesta. me dijo que prefería que le mandara el dinero para comprarse una moto usada y se la compró.

Nunca la vi en persona, solo en fotos. Nunca supe si era segura, solo confié. Y así se fue yendo el tiempo. Yo veía cómo crecían, cómo cambiaban sus voces, sus caras, su forma de hablar, cómo dejaban de decirme mamá para decirme ma. ¿Cómo me hablaban menos? Me contaban menos, me preguntaban menos y yo sonreía, fingía que todo estaba bien, pero por dentro me sentía cada vez más lejos, como si cada dólar que mandaba construyera una pared más entre nosotros.

Una vez Luis me dijo, “Tú no sabes cómo es vivir sin mamá.” y me lo dijo sin coraje, con tristeza, con esa verdad que pesa. Yo solo le dije, “Yo tampoco, hijo. Yo también los necesito.” Y me arrepentí de decirlo porque sentí que no tenía derecho, que ellos tenían más razones para estar tristes que yo. Y claro que traté de volver. Una vez lo intenté. Fue cuando Carmen tuvo a su primer hijo. Sí, ya soy abuela. Pero ni eso me alcanzó para tomar la decisión.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top