Me llamo Josefina Morales, tengo 52 años y esta historia que voy a contar no la sabe nadie completa, ni mis hijos, ni mi mamá, ni siquiera la señora para la que trabajé tantos años.

Me llamo Josefina Morales, tengo 52 años y esta historia que voy a contar no la sabe nadie completa, ni mis hijos, ni mi mamá, ni siquiera la señora para la que trabajé tantos años.

Después, con el tiempo, empezamos a hablar por teléfono. Mi mamá tenía un celular viejito, pero servía. Yo hablaba con ellos una o dos veces por semana. Les preguntaba cómo estaban, qué comían, cómo les iba en la escuela. Carmen siempre me contaba más, que le gustaba una canción, que la maestra regañó a un niño, que soñó que yo volvía. Luis era más callado. Siempre ha sido así, pero cuando me decía, “Te extraño, ma,” se me partía el alma.

Y así fueron creciendo. Yo les mandaba todo lo que podía. Ropa, juguetes, mochilas, libros, zapatos buenos. Cada diciembre les mandaba cajas llenas con todo. Les escribía una carta, les metía dulces, algo con mi olor, lo que fuera. Y me sentaba frente al teléfono esperando que llegara el día de la videollamada para verles la cara al abrir los regalos. Pero también empecé a notar que ya no me necesitaban igual, que mi voz ya no les emocionaba tanto, que sus vidas seguían con o sin mí.

Cuando Carmen cumplió 15 años, yo quise mandarle todo para que tuviera una fiesta bonita. Le mandé el vestido, los zapatos, el pastel lo encargué desde acá, hasta le pagué a un cuate de Cuautla para que tomara fotos y me las mandara. Ese día yo me arreglé solita como si fuera una boda. Me puse una blusa que me gustaba, me peiné, me pinté tantito y me senté frente a la compu a verla por videollamada. La vi bailar con mi hermano, su chambelán.

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