“Me das asco”, le dijo su propio hijo… y al día siguiente, el anciano vendió su casa y desapareció….

“Me das asco”, le dijo su propio hijo… y al día siguiente, el anciano vendió su casa y desapareció….

Esa mañana, como tantas otras, se vistió con la misma ropa gastada, con las mismas manchas de trabajo y se miró al espejo. Su reflejo, arrugado por el paso del tiempo, le devolvía una mirada cansada, pero llena de amor. Sabía que su sacrificio era la única manera de asegurar que sus hijos tuvieran lo que él no pudo tener.

Y mientras se preparaba para salir nuevamente, su única preocupación seguía siendo la misma. ¿Cómo seguiría adelante si su cuerpo no lo permitía? Pero ese pensamiento no lo detuvo. El amor por sus hijos lo mantenía en pie como siempre. El tiempo, como siempre siguió su curso y los años pasaron dejando huellas profundas en la vida de don Melchor.

Nicolás y Rosa, sus dos hijos, crecieron poco a poco como árboles que al principio pequeños luego se estiraban hacia el cielo buscando su propio camino. Mientras que Rosa, la más pequeña, seguía firme en sus estudios, Nicolás comenzó a alejarse del camino que su padre había trazado para él.

Al principio, don Melchor no vio los signos o quizás prefirió no verlos. Nicolás comenzó a quedarse fuera de casa por más tiempo, regresando más tarde de lo habitual o en la noche, y siempre acompañado de chicos que don Melchor no conocía bien. Eran jóvenes con un brillo oscuro en los ojos, aquellos cuya influencia no prometía nada bueno.

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