Don Melchor, preocupado, lo llamó una tarde después de que Nicolás regresara tarde, oliendo alcohol y con la mirada perdida. Hijo, te lo pido. Vuelve a la escuela, le dijo con voz cargada de preocupación. No sigas ese camino, te hará daño. No permitas que las malas compañías te desvíen de lo que has aprendido, de lo que tanto me costó brindarte.
Pero Nicolás no le respondió como don Melchor esperaba. En lugar de mostrar comprensión, su hijo lo miró con desdén, casi con rabia, y le gritó, “Ya basta, viejo. Ya estoy cansado de tus regaños. Déjame vivir mi vida.” El corazón de don Melchor se rompió un poco ese día.
ver a su hijo, a ese niño que un día corrió hacia él con los ojos llenos de admiración. Tratarlo de esa manera era un dolor que nunca imaginó sentir. Intentó no mostrar su tristeza, pero en su interior un sentimiento de desesperación se iba apoderando de él. Por otro lado, Rosa siguió el camino que su padre siempre había querido para sus hijos.
Ella entendió las enseñanzas de don Melchor, estudiar, esforzarse, avanzar en la vida. No solo cumplió con sus estudios, sino que también recibió una beca para estudiar en el extranjero. El corazón de don Melchor rebosaba de orgullo cuando lo supo, pero a la vez algo de tristeza lo invadió. Su hija se iba y con ella parte de la vida que había conocido.
Rosa, aunque emocionada por la oportunidad, intentó rechazar la beca, preocupada por los gastos que conllevaba. Sin embargo, don Melchor no lo permitió. Le habló con firmeza, con la sabiduría que solo los años y el sacrificio pueden brindar. Hija, tú te lo has ganado. Yo me encargaré de todo.
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