La rutina de su vida era una danza que siempre se repetía, el trabajo interminable en la mina, las largas noches en las que su cuerpo no descansaba. y los pocos minutos que podía robar para pasar con sus hijos antes de volver a su lucha diaria. Cuando el día se iba y la gente descansaba, don Melchor seguía en pie, listo para enfrentarse una vez más a la mina.
A menudo se preguntaba si alguna vez vería los frutos de tanto esfuerzo. Su salud, que siempre había sido sólida, comenzaba a mostrar señales de debilidad. El dolor en su pecho, los huesos crujientes, el aliento corto ya no lo dejaban en paz. Pero él no podía permitirse el lujo de detenerse. Si él caía, ¿quién cuidaría de Nicolás y Rosa? Así, entre dolores y sacrificios, don Melchor seguía adelante con la esperanza de que algún día su lucha sería suficiente para darles un futuro mejor.
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