Algunos padres no pueden dejar de revivir viejas historias, viejas heridas o viejos agravios. Resurgen las mismas discusiones, se culpa a las mismas personas, se repite el mismo dolor como si fuera una reliquia familiar.
Para los niños, es agotador. Salen de las visitas sintiéndose como si los hubieran arrastrado de nuevo a un drama de hace décadas que ellos nunca causaron. Con el tiempo, la distancia se convierte en su forma de escapar del clima emocional que nunca cambia.
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