Huyó en una noche sin luna. Corrió hasta la chavola. Su corazón latía desbocado. Esperaba encontrar un bebé muerto. Al llegar escuchó un llanto débil. Empujó la puerta. Vio el bebé vivía. Estaba envuelto, temblando, hambriento, vivo. Benedita cayó de rodillas. Lloró. “Milagro!”, ah, susurró. Tomó al niño en brazos. Sintió el calor de su piel. Tomó una decisión. No lo abandonaría. Lo visitaría todas las noches, lo criaría en secreto. Le dio un nombre, Bernardo. Pasaron 5 años. La hacienda Santa Eulalia prosperaba.
Los cafetos estaban cargados. Los mellizos crecían como príncipes. Vestían ropa de lino. Aprendían francés. Cabalgaban en ponis. Tenían cabello liso, piel clara, ojos que ya cargaban arrogancia. El coronel Tertuliano los veía con orgullo. Imaginaba el imperio que heredarían. No sabía de un tercer hijo vivo. Grecía en las sombras, alimentado por el amor de una esclava. Bernardo tenía cinco años. Vivía escondido. Era moreno, cabello rizado, ojos brillantes. Benedita lo visitaba todas las noches. Llevaba restos de comida, ropa remendada, cariño.
Le enseñó a hablar bajo, a esconderse, a no salir. No puede ser visto, hijo mío, decía. Si el coronel lo sabe, nos mata. Bernardo obedecía. Su compañía eran los pájaros, los monos, los momentos con Benedita. No sabía que tenía hermanos. No sabía quién era su padre. Joana, la hija de Benedita, tenía 11 años. Sospechó de las desapariciones de su madre. Era lista. Trabajaba en la huerta. Una noche siguió a su madre silenciosa. Vio a Benedita entrar en la selva.
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