La Sinhá Tuvo Trillizos y Mandó a la Esclava Desaparecer con el que Nació Más Oscuro…

La Sinhá Tuvo Trillizos y Mandó a la Esclava Desaparecer con el que Nació Más Oscuro…

Al amanecer entró por la puerta de la cocina. Sus manos temblaban. Su rostro estaba mojado por lágrimas secas. Escuchó el tropel de caballos en el patio. Su sangre se heló. El coronel Tertuliano Cavalcante había llegado antes de lo esperado. Venía de San Pablo. Escuchó su voz grave gritando órdenes. Luego pasos pesados en la varanda. ¿Dónde está mi esposa? Nacieron los niños. Gritaba ebrio de ansiedad. Benedita se escondió detrás de la puerta de la despensa. Su corazón latía fuerte.

Todo dependía de los próximos minutos. El coronel subió las escaleras a tropezones. Sus botas golpeaban fuerte la madera. Era un hombre alto. Tenía bigotes tupidos y mirada dura. Vestía un traje negro sucio de polvo. Llevaba una cadena de oro. En el pasillo se cruzó con doña Sebastiana. La partera bajaba con una palangana. Y bien, doña Sebastiana, ¿cuántos?, preguntó. La sujetó del hombro. La partera respondió sin pensar. Tres, coronel. Fueron tres niños trillizos, algo raro, un milagro de Dios.

El rostro de Tertuliano se iluminó. Sus ojos brillaron de orgullo. Tres herederos, tres cabalcante. Río fuerte se golpeó el pecho, pero al abrir la puerta del cuarto vio solo dos bebés. Amelia estaba acostada, pálida. Sus cabellos desordenados se pegaban a su rostro. Sostenía dos bebés envueltos en lino, ambos de piel clara y rosada. vio entrar a su marido. Su corazón casi se detuvo. Necesitaba actuar rápido, tertuliano”, susurró con voz débil. Sus ojos se llenaron de lágrimas ensayadas.

“Fueron tres, sí, pero uno, el más débil, no resistió. Nació respirando mal, morado. Doña Sebastiana intentó todo. Dios lo quiso de vuelta. Su voz se quebró, soyosó, escondió el rostro entre los bebés. El coronel se detuvo. El sonrisa desapareció. Se acercó despacio. Miró a sus dos hijos, luego a su esposa. Murió. J repitió. Su voz era más baja. Amelia asintió. Las lágrimas corrían de verdad. Era por miedo. Doña Sebastiana ya llevó el cuerpo. Dijo que era mejor enterrar pronto.

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