“Llévalo lejos. Nunca regres”, ordenó la voz temblorosa pero firme. Benedita miró el rostro dormido del bebé. Era pequeño, inocente, las lágrimas le quemaron. Ella sabía el significado. El niño tenía piel morena, era diferente a sus hermanos de piel blanca. El señor Tertuliano Cabalcante no debía sospechar. La hacienda dormía bajo la luz de la luna. Benedita cruzó el patio de café con el bebé envuelto. Sus pies descalzos se hundían en la tierra roja. El viento frío cortaba su vestido de chita roto.
Miró hacia atrás. a la casa grande, iluminada, miró a la sensala silenciosa. Su propia hija de 6 años dormía allí. “Perdona, Dios mío,” susurró. Apretó al bebé contra su pecho. El llanto suave del niño resonó en la oscuridad. Se mezcló con el canto de los grillos. Benedita sabía si volvía con ese niño, la azotarían hasta morir. Si obedecía, cargaría ese peso en el alma. Caminó horas hasta alcanzar la división de la hacienda. Allí comenzaba la selva cerrada.
En un claro escondido estaba la chavola abandonada. Perteneció a un capataz que murió de fiebre amarilla. Las paredes de barro estaban cubiertas de musgo. El techo de paja tenía agujeros. El suelo de tierra batida estaba húmedo. Benedita se arrodilló. Colocó al bebé sobre una manta vieja. Miró el rostro tranquilo, los labios rosados. Dormía ajeno a su destino cruel. “Merecías más, hijo mío.” Lloró. usó esa palabra que no sería verdad. Algo dentro de ella se rompió. Benedita regresó a la casa grande.
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