Lo miré a los ojos. Esos ojos que tanto se parecían a los de su madre. Buenos, nobles, incapaces de mentir. Vamos a demostrar la verdad, mi niño, y vamos a hacer que ella pague por cada lágrima que te hizo derramar. Porque Vanessa cometió un error esa noche, un error que le costaría todo. Se metió con mi nieto y nadie, absolutamente nadie, lastima a mi familia sin que yo haga algo al respecto. La comandante Remedio Salazar había vuelto y esta vez no había jubilación que me detuviera.
¿Qué secretos escondía Vanessa? ¿Por qué tanto odio hacia un niño inocente? La verdad era más oscura de lo que imaginaba. Llegamos a mi casa cuando el sol apenas comenzaba a asomar entre los edificios. Mateo iba en silencio a mi lado, arrastrando los pies por el cansancio y el dolor. Vivía en un departamento modesto en la colonia Roma Norte, un tercer piso sin elevador que había comprado con mis ahorros de toda una vida. No era lujoso, pero era mío.
Cada mueble, cada plato, cada recuerdo en esas paredes me pertenecía. Abrí la puerta y encendí las luces. El olor familiar a café y canela me recibió. Siempre dejaba un poco de canela en rama sobre la estufa para que la casa oliera a hogar. “Ven, siéntate en el sofá”, le dije a Mateo. “Voy a prepararte algo de comer.” “No tengo hambre, abuela. No te pregunté si tenías hambre. Te dije que voy a prepararte algo. Él esbozó una sonrisa débil y se dejó caer en el sofá de tela color café.
Era viejo, pero cómodo. Lo había comprado en un mercado de segunda mano hace 15 años y aún resistía. Fui a la cocina y calenté leche. Preparé dos tazas de chocolate caliente, como me enseñó mi madre cuando yo era niña. Corté un pedazo de pan dulce que había comprado el día anterior en la panadería de Don Chuy, a dos cuadras de aquí. Regresé a la sala con todo en una charola. Mateo tomó la taza entre sus manos y le dio un sorbo.
Cerró los ojos saboreando. Por un momento, pareció olvidar todo lo que había pasado. Gracias, abuela. Come despacio. Luego te daré algo para el dolor de la ceja. Me senté a su lado y bebí mi chocolate en silencio. Afuera, la ciudad comenzaba a despertar. Se escuchaban los primeros camiones, el silvato del señor que vendía tamales en la esquina, el ladrido de Canelo, el perro del vecino del segundo piso. Abuela, dijo Mateo después de un rato, ¿puedo quedarme contigo?
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