En París, por primera vez en décadas, nadie me conocía como “la mamá de Rafael” o “la abuela de Julia y Mateo”. Yo era simplemente Elena.
María me presentó a sus amigos, artistas, profesores, personas que seguían construyendo proyectos y sueños después de los 60. Me di cuenta de algo doloroso: yo sabía todo sobre mi hijo, pero casi nada sobre mí.
Me inscribí en un taller de acuarela, una pasión que había abandonado cuando me convertí en madre. El profesor decía:
“La acuarela es como la vida: puedes guiar el agua, pero no controlarla. La belleza está en aceptar los caminos imprevisibles”.
Mientras pintaba paisajes de París, entendí que eso estaba haciendo con mi propia existencia: dejar de controlar todo para los demás y empezar a guiar, con suavidad, mi propio camino.
Alquilé un pequeño estudio en un barrio parisino. No era lujoso, pero era mío. Por primera vez tenía un espacio que no giraba alrededor de nadie más.

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