Cuando todo el proceso terminó, hice algo que había postergado toda la vida: compré un pasaje a París. Llamé a mi hermana María y le propuse el viaje que siempre soñamos. Ella, que había elegido una vida sin hijos ni matrimonio, había sido vista muchas veces en la familia como “egoísta”. Hoy, yo empezaba a dudar de quién había elegido mejor.
Mientras el crucero de mi hijo volvía a la costa, mi avión despegaba rumbo a Francia.
Mi celular no paraba de sonar: mensajes de Rafael, de Patricia, de amigos en común, reproches, llamados a la culpa. Yo apagaba el teléfono y solo lo encendía para ver si había algo realmente urgente.
París me recibió con lluvia fina. María me abrazó en el aeropuerto con una frase que me atravesó:
“Bienvenida a tu nueva vida”.
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