El primero en aparecer fue Emiliano.
Completamente desnudo.
El cabello revuelto, una marca roja reciente en el cuello, esa expresión aturdida de hombre satisfecho que aún no ha vuelto del todo a la realidad. Salía rumbo al baño cuando me vio. La sonrisa se le borró de la cara de golpe. Se quedó blanco, más blanco de lo que yo creía posible. Sus pecas se hicieron visibles sobre la nariz. Abrió la boca, pero no le salió nada.
—Isabela… —alcanzó a decir, con una voz rota, extendiendo una mano ridícula hacia mí.
No escuché nada más.
Porque detrás de él, con una lentitud obscena, apareció mi hermana menor.
Valentina.
Vestida solo con mi camisón borgoña de seda.
El mismo que Emiliano me había regalado en mi cumpleaños.
El mismo que yo había guardado para noches especiales que nunca llegaron.
Valentina salió descalza, con el cabello rubio desordenado, los labios hinchados y una mordida reciente en el cuello. Sus ojos azules se abrieron al verme. No vi vergüenza. No vi arrepentimiento. Vi miedo. Un miedo animal, puro, helado.
Y ahí estábamos.
Mi marido.
Mi hermana.
Leave a Comment