Mi dormitorio.
Mi camisón.
Mi cama.
Mi vida.
Sentí que algo dentro de mí no se rompía, no.
Se apagaba.
—Puedo explicarlo —dijo Emiliano por fin.
Yo seguí mirando a Valentina.
Mi hermana pequeña.
La niña que había criado después de la muerte de nuestros padres.
La adolescente a la que ayudé con las tareas, con las cuotas, con los llantos, con las primeras decepciones amorosas.
La muchacha a la que le pagué la universidad.
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