Otra risa.
De mujer.
Joven.
Confiada.
Después, la voz grave de un hombre murmurando algo que no alcancé a entender.
Y entonces lo supe.
No lo pensé.
Lo supe.
Las bolsas se me resbalaron de las manos y cayeron al piso. Las fresas rodaron por el recibidor como gotas de sangre. Yo empecé a caminar por el pasillo sin sentir las piernas. Pasé la cocina. Pasé el baño. Llegué a la puerta del dormitorio, que estaba entreabierta unos pocos centímetros.
La empujé.
El tiempo no se detuvo, como dicen en las novelas.
El tiempo se volvió viscoso.
Cruel.
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