El primero era una escritura formal de la propiedad, registrada en una notaría de otra jurisdicción, con sello, plano y firmas. La tierra sí tenía dueño. La tierra había sido legalmente de Fermín.
El segundo era una carta.
No era larga. Fermín escribía como hablan los hombres acostumbrados al campo: pocas palabras, todas cargadas.
Decía que había registrado la tierra lejos porque no confiaba en las oficinas del pueblo donde el coronel metía mano. Decía que no tenía heredero de sangre; su hijo había muerto de fiebres siendo niño y su mujer se había ido de tristeza poco después. Decía que un rancho sin quien lo cuide se muere antes que los hombres. Y terminaba así:
“Quien cuida lo que quedó atrás merece lo que viene por delante. Si estás leyendo esto, es porque te quedaste. Y si te quedaste, la tierra es tuya por derecho de quien no se rindió.”
Rosario leyó esa frase tres veces.
Luego se sentó en la cama de fierro con la carta en las manos y por fin lloró.
Lloró sin ruido, con la cara inclinada, como si el cuerpo sacara al fin el agua retenida de semanas enteras. Lloró por Gerardo, por su madre, por el camino, por la humillación, por el cansancio, por el hombre viejo que nunca conoció y que, aun muerto, la había mirado mejor que tantos vivos.
A la mañana siguiente montó a Aurora por primera vez.
Todavía era joven, aún no del todo hecho, pero fuerte y firme. Josué le había dejado una cuerda. Rosario improvisó un apoyo en el lomo con un trapo doblado. Benito fue amarrado a su espalda con la manta de algodón. La escritura y la carta quedaron guardadas contra el pecho.
Aurora permaneció quieto mientras ella subía.
Luego avanzó.
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