Salieron por el portón arreglado y tomaron el camino a la ciudad.
Fue un trayecto largo. El sol subió, la tierra cambió de color por tramos, Benito durmió casi toda la ida. Aurora caminó con ese paso seguro de caballo que parece recordar la tierra desde antes de haber nacido. Rosario sentía debajo de sí el calor vivo del animal y tuvo la impresión clara de que no iba sola a ningún lado nunca más.
Don Benancio la esperaba.
Leyó la escritura. Leyó la carta. Volvió a leer la escritura. Luego levantó la mirada con una sorpresa casi infantil en la cara.
—Esto —dijo, tocando los papeles con la yema de los dedos— cambia todo.
Explicó que el reclamo del coronel se sostenía en la idea de tierra abandonada y sin dueño conocido. La escritura le rompía las piernas a ese argumento. La carta no era un testamento formal, pero sí una muestra clara de voluntad del propietario y, combinada con la posesión productiva de Rosario, daba una línea de defensa muy fuerte.
—Vamos a pelear esto fuera de la jurisdicción donde Arístides manda demasiado —sentenció—. Y además vamos a juntar testigos. Muchos. Que quede claro que usted llegó de buena fe y convirtió ruina en casa.
Las semanas siguientes fueron de espera tensa.
Pero Rosario no dejó de trabajar.
Vendió las primeras coles en el pueblo cercano. Cambió fruta por jabón, huevo por tela, calabaza por petróleo. Los miércoles llegaba doña Querubina. Los jueves, a veces, pasaba doña Piedad en carreta. El muchachito de la leche empezó a quedarse cinco minutos más para ver a Aurora. Algunas mujeres del rumbo iban a comprarle verduras. Un carretero llevó noticias. Otro trajo sal. Sin darse cuenta, Rosario fue tejiendo alrededor del rancho una red de gente que ya la nombraba como parte del paisaje.
“En el rancho de Rosario.”
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