Cuando terminó, el viejo se acomodó los lentes y dijo:
—No es fácil. Pero tampoco es imposible. La ley reconoce posesión productiva de buena fe cuando no hay dueño reclamante ni herederos claros. Usted habita, trabaja y cuida. Eso pesa. Necesitamos testigos. Y necesitamos suerte.
La suerte, sin embargo, todavía guardaba una carta.
Aquella noche, cuando ya el cielo se había puesto azul oscuro y Benito dormía, doña Querubina apareció fuera de horario. Traía un envoltorio bajo el brazo. No aceptó café. No se sentó de inmediato. Miró a Rosario de una manera lenta, casi solemne.
—Lo estuve guardando porque Fermín así me lo pidió —dijo.
Abrió el paño.
Adentro había una llave de hierro vieja, larga, oscura de años.
—Del baúl del cuarto. Me dijo que se la entregara a quien se quedara en este rancho y lo cuidara como si fuera suyo. Me dijo que yo iba a saber cuándo llegara esa persona. Y ya lo supe.
Rosario sintió el peso de la llave en la mano como si fuera más metal del que era.
Esperó a que el silencio se acomodara. Luego encendió el quinqué, fue hasta el cuarto, se arrodilló ante el baúl y metió la llave. La cerradura cedió con un chasquido seco.
Dentro había pocas cosas: una camisa de lino doblada, un retrato de un niño de ojos serios con una dedicatoria al reverso que decía “Joaquín, mi hijo”, y al fondo, debajo de todo, un sobre sellado con cera.
Rosario lo abrió despacio.
Dentro venían dos documentos.
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