Treinta días.
Rosario leyó el papel tres veces. La primera para entenderlo. La segunda para aceptar que no lo había imaginado. La tercera para sentir la claridad helada que llega cuando a una le quieren arrancar con tinta lo que ha levantado con las manos.
No lloró. No gritó.
Guardó el documento dentro de la blusa y se quedó mirando el solar. El rancho limpio. La cerca remendada. Las hileras de cultivo. La ropa tendida. El fogón con ceniza reciente. La vida entera que había construido ahí sin promesas, sin garantías, sin más apoyo que su propio cuerpo cansado y las manos que aparecieron en el momento exacto.
Aurora se acercó y se quedó a su lado, tenso.
—No me van a sacar así nomás —murmuró ella, y no sabía todavía cómo iba a cumplirlo, pero al decirlo se sintió menos sola.
Josué llegó antes del amanecer siguiente. La noticia le había corrido por el campo más rápido que los gallos. Leyó el documento, frunció la frente y dijo:
—Conozco a un hombre. No es licenciado con título, pero sabe de tierras más que media oficina del gobierno. Se llama don Benancio. Si usted quiere, voy por él.
Rosario dijo que sí sin pensarlo.
Dos días después llegó don Benancio montado en una mula parda, con lentes redondos, piel amarilla de tanto archivo y manos de quien ha vivido entre papeles toda la vida. Recorrió el rancho entero antes de sentarse a hablar. Miró los surcos, el manantial, el cobertizo, la casa, las gallinas, el potro.
—Cuénteme todo desde el principio —pidió.
Rosario contó.
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