Dos hombres estaban detenidos en el portón. Uno era delgado, de bigote fino y sombrero de fieltro. El otro, más ancho, llevaba cara de brazo derecho y pocas luces en los ojos. Ninguno pidió permiso. Ninguno saludó. Miraron el solar, la casa abierta, el humo del fogón, las gallinas, los surcos sembrados. Miraron a Rosario sosteniendo a Benito. Miraron a Aurora cerca de la puerta. Y en la cara del del bigote pasó esa expresión que Rosario conocía muy bien: la irritación de descubrir que algo abandonado ya no está disponible.
No dijeron nada.
Se fueron dejando polvo.
Doña Querubina llegó al día siguiente, como si hubiera sentido el cambio del aire desde lejos. Aceptó café, se sentó en la banca del porche y habló mirando el camino.
—Esos eran hombres del coronel Arístides.
El nombre cayó con peso.
Rosario había oído de él vagamente. Hacendado grande. Dueño de tierras, agua, ganado y favores políticos.
—¿Qué quiere aquí? —preguntó.
Querubina tardó un poco en contestar.
—El manantial —dijo—. Lo quiere desde hace años. No por la casa. No por los árboles. Por el agua. El agua que sale de aquí alimenta, por debajo, el arroyo que cruza parte de su hacienda. En estas tierras secas, quien controla el agua controla la vida de medio mundo.
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