La niña caminó hacia el potro con una seriedad casi solemne. Aurora la olfateó y dejó que lo tocara. Josué hizo el ademán de detenerla, pero Rosario negó con la cabeza.
—No hace nada. Es noble.
Josué subió al techo, cambió las tejas quebradas, reforzó una viga floja y arregló la canaleta con la eficacia silenciosa de quien lleva media vida componiendo cosas. Trabajó sin presumir. Sin una palabra de más. Cuando terminó, Rosario le ofreció agua y un pedazo de piloncillo. Él aceptó.
Se sentaron en la banca del porche mientras Benito dormía en su regazo y la niña —Lucía, así se llamaba— acariciaba a Aurora como si llevara años conociéndolo.
—Si necesita algo de madera, cerca, puertas… —dijo Josué antes de irse—, puede mandar recado con doña Querubina.
Se acomodó el sombrero y miró un instante hacia el solar antes de seguir:
—Yo también sé lo que es sacar adelante una casa sin tener con quién repartir el peso.
No explicó más.
Rosario entendió, sin embargo, que detrás de esa frase había una herida.
Lo supo mejor semanas después.
Pero antes de eso llegó la amenaza.
Una tarde, mientras cortaba coles del bajío, oyó el trote de dos caballos que no sonaba igual que el de la gente sencilla. Había en ese ritmo un exceso de cuero bueno, de silla bien puesta, de animal alimentado con poder. Se secó las manos en el vestido y fue al frente de la casa.
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