Rosario miró hacia la hondonada donde corría el manantial.
—¿Y don Fermín nunca le vendió?
—Nunca. Fermín era hombre solo, pero no doblado. De ésos que pueden vivir con poco, pero no con el orgullo roto.
Rosario se quedó callada.
No sintió miedo todavía. Sintió ese hielo anterior, ese aviso interno que una aprende a escuchar cuando la vida le ha reventado suficientes veces la puerta.
Los días siguientes siguió trabajando como si nada.
Podó ramas bajas. Reforzó la cerca. Limpió el manantial. Reparó una puerta del cobertizo. Preparó más surcos. Los brotes del sembradío crecían firmes. Benito empezó a dormirse menos durante el día y a mirar alrededor con una atención redonda, seria, igual que si estuviera registrando el mundo para no olvidarlo. Aurora dejó de ser un animal flaco y tambaleante. Su cuerpo empezó a ensanchar, el pelo a oscurecerse, las patas a afirmarse con una seguridad nueva. Donde iba Rosario, iba él.
A la semana volvió Josué con Lucía.
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