Esa misma mañana llamé a Alejandra. Nos encontramos en un café.
—También lo vi —me confesó—. No sabía si me creerías si no lo veías tú misma.
Había encontrado copias de mi firma en documentos notariales. Rafael estaba endeudado, presionado por Leonel. Planeaban vender el departamento “por mi bien”.
—No es amor —dijo ella—. Es desesperación.
Por primera vez desde ese amanecer, no me sentí completamente sola.
Leave a Comment