Rafael, mi hijo, entró primero. Detrás venían nuestro primo Leonel y un hombre con una caja de herramientas. El desconocido fue directo a la cerradura del estudio.
—Estará fuera una semana —dijo Rafael—. Tiempo de sobra para ponerlo en venta.
Leonel rió.
—Firmará cuando regrese. Ya tengo los formularios listos.
No podía respirar.
Hablaron de la escritura, de la caja fuerte, de pagar deudas como si estuvieran ordenando muebles. Vi cómo abrían cajones que guardaron recuerdos familiares, sin una sola pizca de culpa.
Cuando se fueron, la puerta se cerró como un punto final.
Dentro de mí, algo se rompió en silencio.
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