Cuando llegaron al restaurante, Marta, la madre de Diego, los esperaba junto a la mesa.
Apenas vio a Valeria, su mirada recorrió el vestido gris, los zapatos gastados y el bolso sencillo. No sonrió con alegría. Más bien la observó como si estuviera evaluando un problema.
—Hola, Valeria —dijo con una cortesía fría—. Diego nos habló mucho de ti. Aunque pensé que elegirías algo más elegante para una ocasión como esta.
Rodolfo, el padre de Diego, estaba sentado con aire de superioridad. A su lado estaba Santiago, el mejor amigo de Diego, quien miró a Valeria con evidente decepción.
—Así que tú eres la futura esposa de mi hijo —dijo Rodolfo sin levantarse—. Diego dice que trabajas en tecnología. ¿Y exactamente qué haces?
—Soy desarrolladora —respondió ella con calma—. Trabajo en sistemas y arquitectura digital.
Rodolfo soltó una risa breve.
—Eso suena muy moderno, pero no parece dejar mucho dinero. Diego, en cambio, tiene un empleo estable. Eso sí es importante.
Marta intervino de inmediato.
—¿Y en qué empresa trabajas, Valeria? Porque eso de ser independiente suena muy inseguro. Hoy tienes trabajo, mañana no. Una familia no se construye con aire.
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